El tiempo vuela exponencialmente, cuando menos queda, más rápido pasa. Porque cuánto mayor, peor.
Tempus fugit

Me quedan tan solo 5 días en la casita pija luminosa de Prenzlauer Berg. Ya han pasado casi dos meses desde que me instalé y estoy gestionando el desapego, una vez más, de la próxima la mudanza. Moverme se ha convertido en mi estilo de vida, así que en lugar de aferrarme, me digo:
¡Otra más, Fau! Luego se te olvida. —¿Cuántas casas llevamos, Fau? —me digo a mí misma, maternando mi vida—. ¡Pues más de 30, Fau!
Esta casita me ha devuelto la paz interior. Prenzlauer Berg es un barrio al noreste de Berlín, esos barrios que quedaban al otro lado del muro, en la parte comunista. Barrios que me gustan a mí porque parece que vives en el pasado y puedes apreciar el desdoblamiento del tiempo e incluso ‘‘simpatizar’’ con la teoría de la relatividad. Estoy muy agradecida porque el karma me ha devuelto, con confianza y suavidad, todos los esfuerzos invertidos en el pasado en forma de recompensa de hogar. El boca a boca y las redes sociales me han traído a este hogarcito y a final de mes me llevan a otro distinto, pero también muy luminoso, esta vez en el sur, con dos alemanes mega lindos y de nuevo con mi Reni.
¿Resumen de estos meses?: mazo entrenamiento semanal, paseos por las calles del barrio, hallazgos de moda callejera, dormir como un lirón (9 horas al día + siesta), findes currando en el club, gigs de DJ, desarrollo estratégico de mis proyectos artísticos, comidas ricas y copiosas, risas con el primo, charlas intensas con Reni, música electrónica, orden interno y clases de español online.
El viaje
Desde que tengo mi furgo, me siento más segura, ahora ya el sentimiento de homelismo es distinto, pues sé que siempre puedo volver a casa de mamá por tierra y eso me relaja las entrañas.
Partimos a finales de abril, mi amiga Renata y yo, desde Chiclana con destino a Berlín. Para no ser redundante, no relataré el viaje por escrito, pues hice una película por cada parada que hicimos y un poema por cada ciudad. Aquí dejo un reporte audiovisual de nuestro Europe Road Trip.
ALMERÍA
VALENCIA
BARCELONA
MARSELLA
PARÍS
El espíritu de Berolina

En los últimos mensajes que tuve con Muco, volvimos a subrayar la conexión que experimentamos con nuestras ciudades y me cerró la conversación con el siguiente concepto: Genius Loci.
—Investígalo —me comentó por última vez.

La devoción que Muco le tenía a Lisboa la tengo yo por Berlín. Una querencia capaz de dejarlo todo atrás. Todo: la patria, personas, el sol y hasta el amor más romántico por un ser humano.
Venía de vuelta en el metro a casa, después de estar en el evento de Berlín Music Video Awards, y cuando llegué a la estación de Hallescher Tor, tuve que pensar si irme un rato al CDV a ahogar las penas propias de la menstruación y mi extrema sensibilidad —que, cuando se mezclan, me conectan con el singular espíritu de artista que tengo y todes tenemos— o irme a casa para ir al gym el viernes. Miré la pantalla de la línea 1 hacia Schlesisches, esa que me deja cerquita del club. Quedaban ocho minutos. Esos ocho minutos me apretaron la panza. Eran el presagio de que no valía la pena esperar el tren para ir de nuevo a un lugar que, pese a estar rodeada de canales, colegas y minimal beats que me hacen cosquillitas viscerales, a menudo me hace sentir muy sola, en un amalgama de contradictorios elementos más bien intangibles, que me abrazan con distancia en una sensación a medio camino entre lo mullido y lo áspero.
Ya conozco esa sensación y pensé: hoy menstruando, no. Miré al otro lado del andén y quedaban solo tres minutos para tomar la dirección contraria, esa que me lleva de vuelta a mi casa en Prenzlauer Berg. Como sigo las señales que me ofrecen mis guías espirituales —pues todo es información, solo hay que saber descifrar los mensajes—, crucé el andén para cambiar mi rumbo y tomé el tren en dirección contraria. Decidí volver: la idea del gym ganó. WTF.
Durante el camino de vuelta recorrí estaciones que antiguamente me llevaban al hogar donde permanecí más tiempo en Berlín, concretamente, doce meses, en el barrio de Schöneberg, a la altura de Gleisdreieckpark. Ahora han puesto pantallas nuevas en el metro que muestran paisajes de la ciudad en una mezcla bucólica entre naturaleza e industrialeza, manifestando esos contrastes tan peculiares de Berlín, que nos recuerdan la ley primordial de la dualidad universal.
Miraba esas imágenes con nostalgia, con un sentimiento de extraña pertenencia, con la saudade de haber sido y ser a medias. Un íntimo vínculo que unía la sobriedad y la cuteza de estas tierras, que, entre lagos y ferrocarriles, me hacían viajar, entre la alegría y el dolor, una vez más, al destino más contradictorio.
Todo este trip en la S-Bahn me hizo pensar en las prioridades del ser humano, en el fenómeno de supervivencia y, por supuesto, en la magia. ¿Por qué me pasa esto? Y entonces me acordé del concepto de Genius Loci.
Genius loci: concepto romano que alude al “espíritu del lugar”. Algunas personas sienten una conexión emocional muy fuerte con la personalidad única de una ciudad.

¿Es Berolina mi Genius Loci?
Berolina es el nombre de la ciudad de Berlín en latín moderno, derivado del latín Berolinum, y representaba el espíritu de la ciudad de Berlín en forma antropomórfica femenina. ¿Será el espíritu de esta señora el que me tiene conectada? Que sea una mujer encaja con lo libre que se siente una aquí por las calles vagando. En los años cuarenta, esta estatua desapareció y, según la versión más plausible, fue fundida para reutilizar su metal con fines bélicos. Pero es de saber que los espíritus no desaparecen. Su ausencia es, en cierto modo, otra huella de la historia de la ciudad.
En este caso, la ciudad de Berlín no es más que una manifestación terrenal de un instinto muy profundo que me habla de las prioridades humanas: la libertad. Fue mi respuesta más profunda en este día tan menstrual. Y, como obviamente la libertad no existe del todo, sino solo el libre albedrío de decidir qué hacemos, cómo y cuándo, volvió a embriagarme la psicodelia berlinesa.













